DE LA CAIDA DE ROSAS: J.M.ROSA

José María Rosa
LA CAÍDA DE ROSAS

El Imperio del Brasil y la Confederación Argentina

Instituto de Estudios Políticos – Madrid – 1958                                                         

Cuenta la historia de Prusia que, acorralado Federico II en la
guerra de los Siete Años, iba a librar la batalla decisiva de Zorndorf:                                                    
el ejército está extenuado, la desproporción con el enemigo es grande,
y la posición estratégica comprometida; los generales prusianos,
convencidos de la derrota, aconsejaron la capitulación.
«¿No habría medio de vencer?», preguntóles Federico. «Solamente
un milagro, Majestad. Pues bien, esperemos el milagro de la Casa
de Brandeburgo». Esa noche llega a la tienda de Federico un
mensajero del general enemigo, el zarevitch Pedro de Rusia, con
un extraño presente: el zarevitch, torpe de inteligencia y admirador
de Federico hasta la idolatría, le hacía llegar el plan de batalla
estudiado por el Estado Mayor ruso. Federico entrega el documento
a sus generales: «He aquí el milagro de la Casa de Brandeburgo.»
Triunfó al día siguiente en Zorndorf y pudo ganar la guerra perdida.

A Pedro II le ocurriría algo parecido. El 3 de noviembre de 1850
llegan a Río de Janeiro comunicaciones reservadas de que el
comandante en jefe del ejército argentino habría expresado al
gobernador de Corrientes su intención de aprovechar la guerra para
«declararse neutral». Se trataba solamente de un rumor, pero ya era
algo. En enero los informes son más precisos; en febrero, Paulino
sabe por Silva Pontes la visita nocturna de un agente secreto del
general argentino —el comerciante catalán Antonio Cuyás y Sampere—,
llegado a tratar sobre las condiciones de una conversión de Urquiza.
Paulino le da el 11 de marzo las instrucciones necesarias, y llega
a un entendimiento reservado. En abril estará convenido y garantizado
el pase del general enemigo al Imperio. En mayo se hace el público
pronunciamiento y la alianza comprometedora.

Paulino puede ahora contestar satisfactoriamente a Schwarzenberg
que tranquilizara a Francisco José de Austria sobre la suerte de su
primo de Brasil. Se había producido el milagro de la Casa de Braganza:

«Le feu a pris a la maison de notre voisin quand il songeait
a le mettre a la notre —inicia su nota—. Il est si embarrassé
que nous ne le craignons pas. D’aillenrs nous ne pouvons plus
rebrousser le chemin».

(El fuego se ha encendido en la casa de nuestro vecino, cuando él
pensaba ponerlo en la nuestra. Está tan embarazado como no podemos
imaginarlo. Por otra parte, nosotros no podemos dar marcha atrás ya).

Y agrega:

«Si el Brasil dejase a Rosas fortalecerse con la absorción de
Uruguay, del Paraguay y de la provincia boliviana de Tarija,
entonces sí que su posición sería difícil. Mas impidiendo al
Dictador fortalecerse con esos territorios y atacándolo ahora,
el Brasil obra precavidamente. Con todos esos motivos, empero,
el Brasil no iba a declarar la guerra a Rosas… Pero cuenta
para esta empresa con los gobernadores de Entre Ríos,
Corrientes, y con el general uruguayo Garzón» (8).

El zarevitch que entregó los planos para derrotar a su propio
ejército fue estrangulado por sus soldados en la fortaleza de
Ropcha, no obstante su deficiencia mental, y su memoria quedó

proscripta de Rusia. El general argentino [Urquiza – ECP]

sería más afortunado.

(8) Soares de Souza, que transcribe las cartas de Schwarzenberg y Paulino
(redactadas originalmente en francés), da este párrafo —como también el
fragmento de carta de Schwarzenberg— en versión portuguesa. Por no
tratarse del idioma original, he preferido traducirlo.

 

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